Por Javier Quesada, S. H. S. (Su Humilde Servidor)

y texto de Thierry Courdet. / Cortesía de Flammarion.
La industria de la moda y la alta gama, tal y como la conocemos en la actualidad, apuesta por un mensaje inclusivo, solidario y consciente. Pero hace cien años, en sus orígenes, era un modo de soñar con otros mundos que, definitivamente, no estaban en este (ni falta que hacía). He ahí el lujo de viajar vs el viaje del lujo.
La magia ha perdido la batalla frente a la realidad o, mejor dicho, ante su versión más adocenada y dogmática: un realismo woke de altos vuelos éticos y bajo presupuesto estético. Ojo, este texto no pretende ser una verdad universal ni un hecho irrefutable, sino una reflexión apasionada, sincera y, como toda opinión, estrictamente personal.
Hace algunos ayeres…
Mucho antes de que existiesen las redes sociales, existía la moda. Es más, la moda era en sí misma una poderosa red social que, a diferencia de lo que evangeliza en la actualidad, no abogaba por la inclusión, sino todo lo contrario. ¿Eres rico, poderoso o bello como un dios? Estás dentro. ¿El resto? Fuera (y tan lejos como sea posible).
Pero como la gente corriente —sí, es un eufemismo… que probablemente ofenda a alguien; así está el patio— no viajaba en esa época, fue la moda la que decidió convertirse en una nómada deluxe y emprender un viaje alrededor del mundo quién sabe si en busca de la isla de Citera, donde nació Afrodita, o Youkali, de Kurt Weill. “Esa isla misteriosa que todos soñamos / donde se inventó el color”. Hasta que el blanco y negro de los noticieros en los que se informaba del auge del nazismo, a mediados de los años 30, y la existencia de los campos de exterminio, una década después, puso fin, pero no punto final, a aquella enloquecida odisea fashion.
Con la Alta Costura pasa lo mismo que con la alta comedia: escarba detrás del oropel y encontrarás un drama (con peor vestuario). La industria de la moda ha logrado trascender el solipsismo de sus orígenes —no hay más realidad que la que veo y lo que veo es diviiiiino— para transformarse en un espejo de su tiempo. Desafortunadamente, ese tiempo es el nuestro. Aquí y ahora. ¿Y quién quiere estar aquí… ahora? Yo no, desde luego. Puede que la nostalgia sea un error (lo es), pero hay que reconocer que esa trampa, esa mentira, esa mistificación de la memoria tiene bastante más estilo que el recuerdo más real.
Hoy, la moda quiere vivir —o sobrevivir— desde las trincheras del realismo. Pero al tratarse de una industria que va de la mano con otra, su gemela (o hermana siamesa), el lujo, se enfrenta a un dilema: Realismo… ¿mágico o, directamente, surrealismo? Porque resulta un tanto difícil conjugar conceptos tan antitéticos, en principio, como “bolsa”, “conciencia social” y “250,000 euros” (la Nano Bag, de Rabanne, maison que lleva la irreverencia por bandera hasta que toca la hora de izar otra, la de Suiza, por ejemplo, o cualquier otro paraíso fiscal) en una nota de prensa sin arrojar la coherencia ideológica, lingüística o pecuniaria más allá de donde alcanza el sentido común como si fuese un boomerang.
Problema: el boomerang vuelve (por tu cabeza, como los sans-culottes). Solución: ¿nostalgia? ¿Cómo crees? Yo estoy comprometida con mi tiempo. Soy puro zeitgeist. ¿No me ves? ¡¡¡Soy la moda, güey!!! No al revival, sí al heritage. Que puede que sea francés, pero rima con cash. Así es la moda: pura contradicción (en dólares).
Pero como no somos un medio de moda, sino de viajes, podemos permitirnos el supremo lujo de abrazar el error y pintar con el sublime pantone de la nostalgia los inicios de esta industria, antes de que, como Kavafis (o Terenci Moix), nos explote en el alma —o la cuenta corriente, tampoco hay tanta diferencia— ese desgarrado lamento por la pérdida de la belleza.
“No digas que fue un sueño”. No lo fue. Es más, hubo una época en la que ese sueño fue realidad. O algo parecido.

Dalí no sólo diseñó el decorado y el vestuario de esta obra, sino que también escribió el libreto. / Cortesía de Editions Limited.
“Deja de hacer el tonto y lo que ves que ha acabado, dalo por perdido”
El sistema de la moda, tal y como la conocemos en la actualidad, surgió hace un siglo, en el período de entreguerras, de la asociación entre las grandes maisons y la denominada Café Society, término en su origen despectivo que, con el devenir de los años y los horrores de la democratización del lujo (oxímoron al que debemos, entre otras pesadillas estéticas, fenómenos tan inexplicables como el las Kardashians, una troupe más ad hoc en la primera fila de un circo —o de un patíbulo— que en el front row de un desfile Haute Couture), se ha convertido en epítome de un estilo de vida tan exquisito, sofisticado y cosmopolita que parece escapado de las páginas de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Y tan anacrónico, claro.
Ha sido la propia industria de la moda quien, paradójicamente —si consideramos la mala conciencia como una paradoja—, se ha tomado al pie de la letra otro verso, esta vez no del alejandrino Kavafis, sino de Catulo, un poeta romano que hace más de dos mil años escribió: “deja de hacer el tonto y lo que ves que ha acabado, dalo por perdido”. Aunque es probable que los Arnault, Pinault y compañía lo conozcan en una versión contemporánea (con menos caracteres): “el muerto al hoyo; y el vivo, al bollo”. Tal vez por eso cualquier pasarela actual recuerda más a una tahona que a la cubierta de un transatlántico de lujo o a un palco en La Fenice.
Pero seamos sinceros, ¿quién escucha hoy ópera cuando puede perrear a ritmo de trap? Ojo, no se trata de los Von Trapp de La novicia rebelde. Es otro tipo de trap, ligeramente misógino, que cuando le sugiere a una mujer que se arrodille, no es para comulgar. Como el fashion system es agnóstico, no tiene ningún problema en combinar la estética trapera con la ética feminista. Todo es posible en el supremo altar de la moda. Y en dólares, por supuesto.
El dólar o “dinero de verdad”, como lo llama Lorelei Lee, protagonista del primer best-seller de la historia, Los caballeros las prefieren rubias, escrito por Anita Loos hace cien años, fue la moneda de curso legal de la Café Society en sus viajes por todo el mundo. Daba igual dónde acampase aquella heteróclita caravana compuesta por aristócratas, millonarios, artistas, diseñadores de moda y estrellas de Hollywood, en la que por primera vez se mezclaba el gratin y el lumpen.
Ya fuese en París o Nueva York, Newport o la Costa Azul, el Tibet o el Caribe, aquellos viajeros, que no turistas, de lujo pagaban las exorbitantes cuentas de los couturiers del momento gracias a los cheques de viaje de la American Express, compañía que impuso un nuevo modelo económico mundial. Así se pasó del decimonónico patrón oro al sistema Bretton Woods, que establecía un patrón de cambio fijo basado en el dólar estadounidense, que sigue vigente en la actualidad.

El Grand Tour de la aristocracia inglesa en el siglo XVIII se convirtió en la vuelta al mundo en 80 pruebas (de Alta Costura, naturalmente).
Vestidas de Chanel y Schiaparelli (en el París de los años 30), de Mainbocher y Norman Hartnell (en Nueva York y Londres, en la siguiente década), de Dior y Balenciaga (de nuevo en París, en plena posguerra), de Pucci, las hermanas Fontana, Fendi y Valentino (en los estudios Cinecittà en Roma, en los dorados años 60), las primeras socialités —mucho antes de que se acuñara este cursilísimo término— se disputaban maridos y amantes en los hoteles, resorts, trasatlánticos, yates y salas VIP más exclusivos de todo el mundo.
Algunos, como el lujo, no pasan de moda…
Porfirio Rubirosa, el playboy más famoso del siglo pasado, pasó del tálamo nupcial de Doris Duke, conocida desde que nació como “la bebé del millón de dólares”, en la Île-de-France a disfrutar de una poco romántica, pero muy lucrativa, luna de miel en Palm Beach con otra pobre niña rica, Barbara Hutton.
Su currículo amoroso incluye, además, escalas en Santo Domingo (Flor de Oro, su primera esposa, era hija del dictador Rafael Trujillo), París (Danielle Darrieux, con la que también se casó en los años 40, era la estrella mejor pagada de Francia), Hollywood, Nueva York y Las Vegas (en pos de Zsa-Zsa Gabor, su doppelgänger femenino), Buenos Aires (Eva Perón), Deauville, La Habana y mil escenarios más, en los que interpretó el papel el de latin lover con singular convicción y un talento extraordinario (de 28 centímetros, según Truman Capote).
No era el único miembro de la Café Society que parecía tener el don de la ubicuidad sin perder un ápice de lujo y estilo en una época en la que, recordemos, un vuelo transatlántico duraba más de 24 horas.
Como él, una legión itinerante de duquesas, marquesas y vizcondesas, enemigas acérrimas del ennui vital, acudían a eventos como Le Bal Oriental, el llamado Baile del Siglo, organizado por el millonario chileno Carlos de Beistegui en el Palazzo Labia de Venecia, donde Cecil Beaton las fotografió como un ejército de cortesanas dieciochescas, vestidas por Christian Dior y enmascaradas por Salvador Dalí.
Esas infatigables trotamundos Haute Couture eran capaces de presentarse pocas horas después, sin haber dormido más que un par de horas, en la maison Balenciaga para su segundo o tercer fitting de un diseño de Alta Costura… que a su vez pensaban lucir en el baile que el barón de Redé daba en el fastuoso Hôtel Lambert, un palacio del siglo XVIII en pleno corazón del París más decadente, la Île Saint Louis, restaurado hasta el último cuadro de Poussin con el dinero de su amante, Arturo López Wilshaw, otro millonario chileno casado con su prima, Patricia López Huici, quien como el resto de aquella sociedad de café, heredera del cogollito proustiano, sabía que el gran amor de su marido no era ella, sino aquel chichifo con mucho título de nobleza, pero poco capital.

Una era de lujo exclusivo (y muy excluyente)
Así era la Café Society de hace cincuenta o cien años: un club exclusivo (y muy excluyente) que dominaba a la perfección el arte de la etiqueta, de los sobreentendidos, de la doble —y triple— moral y de viajar con estilo (incluso con una resaca de campeonato después de 36 horas de vuelo).
En 2010, Thierry Courdet escribió un estudio sobre esta embrionaria jet set, editado por Rizzoli, bajo el título de Café Society: Socialites, Patrons, and Artists 1920-1960. Se trata de una guía —de viaje, naturalmente— a través de sus principales personajes, como Cole Porter, los duques de Windsor, la decoradora Elsie de Wolf, la baronesa Pauline de Rothschild o la condesa Mona von Bismarck, la mujer mejor vestida del mundo, quien se encerró en su villa de Capri tres días en señal de duelo tras la muerte de Cristóbal Balenciaga (aunque, años después, fue enterrada con un vestido de Hubert de Givenchy).
¿Infidelidad? No, moda. Y cash… que comparte con heritage no sólo rima consonante, sino también servicio. Ni de ellas ni de ellos, de elles.
