La primera vez que empleé el término lift fue en el lobby del Savoy de Londres. Claro, había usado la palabra en su forma verbal infinidad de veces: un “Should I lift those packages for you?” proferido a una señora añosa, o un “Just pour it on to lift my spirits” espetado a un barman cómplice. Lo que nunca había hecho era servirme de ella para referirme a un elevador, palabra que, en mi léxico irremediablemente gringo, no podía equivaler sino a elevator.
Éste era un lift, sin embargo: así lo hacía saber el letrero de cristal, grabado con elegante tipografía art déco. Pues bien, ahora necesitaba pedir al botones que subiera unas compras a mi habitación, y aunque sabía perfectamente que lo haría sin necesidad de mi compañía, ardía en deseos de usar la palabra recién adquirida. “Do I need to take the lift with you?”, inquirí con fingido aplomo, procurando sonar a Laurence Olivier. “No, sir, that will not be necessary”, fue la réplica del bellboy, que se alejó con los paquetes en brazos y una expresión de azoro en el rostro, derivada de lo que no pudo haber interpretado sino como desconfianza de pueblerino.
Si bien la anécdota me deja mal parado, me queda el consuelo de que acaso su escenario no haya sido el más inapropiado. Después de todo, es el Savoy el más teatral de los hoteles londinenses.

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Antes de existir un Savoy Hotel hubo un Savoy Theatre, en pie hasta hoy y fundado en 1881 por el empresario escénico Richard d’Oyly Carte. El hombre sabía identificar una oportunidad de negocio: durante un viaje a Estados Unidos se percató de que los hoteles contiguos a los teatros se veían beneficiados por el interés de los espectadores en cenar en sus comedores después de la función; así, compró el resto del terreno en The Strand sobre el que se asentaba su sala y abrió junto a ella en 1889 un hotel de gran lujo, tanto que contaba con 70 cuartos de baño mientras que su más cercano competidor, el Victoria, sumaba apenas cuatro. (Se dice, por cierto, que cuando el constructor supo el número de tinas que el flamante hotelero pretendía instalar le preguntó si esperaba alojar huéspedes anfibios.)
En sus primeros años, el Savoy exhibía, además, dos armas secretas: al mítico hotelero César Ritz como su gerente y al no menos legendario chef Auguste Escoffier en sus cocinas. Tal fue la dupla que atrajo a las luminarias teatrales al Savoy: la que inventó el Peach Melba para consolar la garganta irritada de la soprano Nellie Melba, y el Melba Toast para ayudarla a guardar la línea, la que contrató al rey del vals Johann Strauss y a su orquesta para tocar en el River Restaurant.
Ritz y Escoffier partieron pronto, pero los actores y los músicos no se marcharon con ellos. En los salones y suites del Savoy, Puccini festejó el estreno de su Manon Lescaut y Lehár el de su Viuda alegre, Caruso divirtió a los meseros empujando un piano sin mayor herramienta que su panza monumental, Gershwin tocó el estreno europeo de su “Rapsodia en azul” y Marilyn escandalizó con el vestido casi transparente que lució para presentar El príncipe y la corista. Y en el Savoy Grill, punto de reunión de la escena teatral londinense por excelencia, Noël Coward cenó decenas de veces su boullabaisse favorita –perfumada con copioso ajo– y Richard Strauss su cordero con jalea de frambuesa predilecto (una excentricidad suya) a pocas mesas de distancia de aquella donde se diera el primer encuentro entre Vivien Leigh y Laurence Olivier.
Hoy un Savoy Grill restaurado a su esplendor originario ofrece un menú degustación integrado por bombones de foie gras, ostras con espuma de champagne, soufflé de abadejo ahumado en salsa de cheddar, filete Wellington y tarta de naranja roja con crema de chocolate blanco. Que todo esto sea creación del chef Gordon Ramsay constituye la garantía de que el sitio no ha perdido su espíritu teatral.
Nicolás es escritor, comunicador y promotor cultural. Ha escrito los libros de ensayo Con M de México y La Ley de Lavoisier. Las obras de teatro Cena de Reyes y Te vuelvo a marcar. Ha trabajado en medios impresos, electrónicos y digitales. Es productor general de la compañía Teatro de Babel y de su festival internacional de dramaturgia contemporánea DramaFest, y asesor de la FIL Guadalajara. Colabora en El Heraldo –con el podcast La Pinche Complejidad y una columna semanal–, en Latinus y en la edición mexicana de Esquire. Nicolás es todo un ejemplo de estilo al viajar… y al vivir.
