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Lo que sí se hereda: compartir lo que te emociona


Sorprendentemente para mí, mi hijo menor no es afecto a los deportes: detesta verlos y es un reto casi imposible que practique alguno… El que sea. He tratado pádel, beisbol, futbol y hasta el fisiculturismo, en el que ha mostrado una muy leve inclinación o quizá es mi esperanza de que en algún momento quiera compartir mi afición. 

Es extraño que, mientras veo con pasión casi religiosa los partidos de los Raiders en la televisión, él se refugia en la pantalla de su computadora o juega con muñecos. Las vicisitudes del equipo que he seguido desde las épocas de Lester Hayes, Howie Long, o mi favorito hasta ahora, Lyle Alzado, lo tienen absolutamente sin cuidado. 

Ilustración niño en Bellas Artes con su padre y, años más tarde, con su pareja en Estambul. Columna de David Páramo.


Cuando tus pasiones no se heredan, pero el amor sí se comparte

No lo tomo a mal. Lo entiendo muy bien porque recuerdo que a mí no me emocionaban los programas de la Sinfónica Nacional, ni quién sería el director invitado o cuáles serían las características del programa de ese viernes. 

Recuerdo los juegos que hacía sentado y quieto mientras, en la penumbra de Bellas Artes veía de reojo a mi padre emocionado por las vicisitudes de un concierto. Ahora sé que a los 10 o 12 años sentía que mi pasión por los Raiders era tan intensa como la que mi papá aún guarda por Beethoven, Rachmaninov, Mahler, Respighi.

Ese compositor italiano me regaló una de las anécdotas más memorables de mi infancia en los nocturnos conciertos en los que acompañaba a mi padre. 

Después de haber oído “Los pinos de Roma”, tuve uno de los más grandes premios de mi vida. A pesar de que no me parecía desagradable y estar con mi padre era grandioso, tuve que luchar contra el sueño. Imaginaba la vergüenza de roncar mientras un grupo de virtuosos eran escuchados en un profundo silencio.

Logré supera la crisis de narcolepsia, gracias a jugar que era un piloto de la Alianza en Star Wars, que tenía que adivinar cuál sería el siguiente foco rojo que se encendería en las cámaras que cubrían el concierto. 

Saliendo del concierto mi papá me llevó a cenar a un restaurante que se llama, ¿llamaba?, Luau, en la Zona Rosa. Un lugar misterioso y fascinante en la imaginación exaltada de un niño al que le gustaba mucho viajar con su mente. 


“Odié los conciertos… pero amaba estar contigo”: la verdad que llega hoy

Hace unos meses, platicando con mi padre, lo sorprendí al decirle que realmente no me gustaba ir a los conciertos con él y le reiteré que no me gustaba la música clásica, o de concierto, como él le llama. 

Con la candidez en las que frecuentemente nos escondemos los padres y en la que José Alfredo es una súper estrella, me dijo: “creí que te gustaban los conciertos”. 

Respondí con la cruda honestidad que le ha sacado de quicio durante más de medio siglo: Siempre odié los conciertos, pero amaba estar contigo. Desde que tengo memoria sé que tener la atención exclusiva de papá es un gran éxito cuando se es el quinto de seis hermanos. 

No sé cuánto se emocionó por mi respuesta o cuánto fingió hacerlo, no importa. Pero esta parte de mi historia suele venir en dos escalas con mi hijo menor. Entender que “no sepa de arte” cuando no comparte mi pasión por los Raiders o películas de la saga de Mad Max. 


“¿Qué le dijiste al chico?”: cuando la memoria se vuelve gasolina

Mi insistencia en que haga ejercicio no está basada en las aficiones que he tenido desde niño y que me han acompañado hasta los casi 60 años, sino en el convencimiento de que practicar algún deporte aumenta exponencialmente la salud física y mental.  

Aficionado a los axiomas como soy, le digo que practicar deportes en equipo es mucho más que eso, es un entrenamiento para la vida, no en los términos que tanto les gustan a los entrenadores de prácticamente cualquier disciplina, sino de una manera más pragmática. Útil para toda la vida.  

Le digo que el trabajo es hacer cosas que no necesariamente te gustan, con gente que no necesariamente te cae bien, para obtener un resultado que te llena en muchos sentidos. Ir a los conciertos no necesariamente me gustaba, ni tener que estar tranquilo durante muy largos periodos para obtener el premio de estar con mi padre y, en los días gloriosos, ir a cenar a lugares que me resultaban mágicos y misteriosos. 

A veces, cuando estoy muy presionado en las cosas que detesto de mi trabajo, recuerdo como si fuera una escena de Rocky Balboa: “qué le dijiste al chico”.


Viajar como recompensa: del niño en Bellas Artes al adulto que cumple sus sueños

Cuando viajo, una nueva pasión que me ha despertado Sam, mi niño interior siente una emoción parecida a las cenas a la salida de Bellas Artes, pero ahora no llego a lugares que me parecían mágicos y misteriosos. Estoy en lugares que me parecían bellezas, que pertenecían a mi imaginación poética. 

Cuando conocí la mezquita de Córdova, o finalmente puse mis pies en la Basílica de Santa Sofía; cuando entré en la tumba de Tutankamon; el día que finalmente pude conocer el Partenón, o caminar de la mano de la mejor compañía por la Castellana de Madrid, entendí que cuando me veo forzado a hacer cosas que no me gustan con gente que no me cae bien, tendré el premio de viajar. 




Considerado uno de los periodistas de Economía y Finanzas más influyentes de México, conductor del programa “Análisis Superior” de Imagen Radio, 90.5FM, David ha dedicado su carrera a explicar con claridad los movimientos que transforman al país y al mundo. En Go for It! Viajes revela otra faceta: la del escritor que viaja para encontrar historias más allá de los números. Apasionado explorador, convierte cada destino en crónica, cada trayecto en memoria, y cada viaje en una forma distinta de entender la vida.